El compromiso
con la naturaleza

De los cinco sentidos con que la naturaleza ha dotado al ser humano para desenvolverse en la vida, muy probablemente la nariz sea el menos identificable y, a la vez, el de más largo alcance. Al contrario de los otros sentidos obligados a ceñirse a una proximidad temporal y espacial para poder expresarse, el olfato trasciende estas coordenadas que nos atan, tiempo y espacio. El tiempo porque el olfato es hacedor de memoria y el espacio porque supera incluso la proximidad física, es decir, el olfato nos otorga libertad para ser y para expresarnos.

A cada olor se le ha asociado una percepción aromática agradable o desagradable que provoca placer o disgusto. El olor se une a una imagen que se relaciona y profundiza en la memoria y es ésta la imagen que aparece en la conciencia cuando un estímulo olfativo recupera un recuerdo del pasado, una de las características más sorprendentes de los aromas que nos pueden afectar muy profundamente ya que conjugan, por una parte, lo repentino de la aparición del recuerdo y por otra la intimidad del mismo y la incapacidad de verbalizarlo.

El arte tiene el poder de abstraer la conciencia cotidiana del individuo, de potenciar la armonía de los sentidos y de recordar el espacio interior de las personas. Para ello, utiliza los sentidos, los más próximos como el tacto, la vista, el gusto y el oído pero también el más lejano, el olfato. La distancia se pierde en la lejanía cuando hablamos del olfato que hace perdurar aquello que envuelve aunque ya no esté, como ese perfume que se encuentra al llegar a un lugar y que a pesar de que ni se vea ni se oiga a su portador, permite seguir percibiendo su presencia a través de la fragancia. El olfato es el sentido mágico por excelencia.

¿El planeta huele?, por supuesto que huele. Todo en la vida huele, lo que sucede es que el ser humano está tan acostumbrado al acto de oler que no es consciente de ello. Pero así como no puede dejar de respirar porque perece nunca, mientras viva, podrá prescindir del oler.

NASEVO conoce de esto, lo ha venido experimentando toda su vida, sabe que el pasado está unido a una fragancia y que el futuro siempre olerá. Ha olido tanto que para él oler es vivir. Desea compartir esta vivencia con los demás porque sabe que enriquecerá sus vidas. Para conseguirlo se propone colocar recordatorios con sus obras en lugares públicos, parques, jardines, plazas, campos, autopistas, a modo de llamadas de atención visual que ayuden a tomar conciencia de un sentido poco reconocido y aún menos valorado como es el olfato. Y quizás así los habitantes de este planeta, recordando el pasado se sientan inclinados a preservar el futuro en base al acto de oler. El espíritu de nuestra civilización desea comprometerse con la naturaleza respetándola y conservándola, conocedor de que es el mejor legado que podemos transmitir a nuestros descendientes.